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Mientras cae la tarde

Las personas que se dedican al lavado de carros no tienen estrés, no cumplen horarios ni realizan reprocesos, tampoco reciben llamadas, leen correos o son monitoreados. En esta labor la amabilidad y el buen trato con el cliente son lo más importante; saber de mecánica es un plus que abre las puertas para ganarse una buena propina, cambiar una caja, o las luces de un vehículo, son una ventaja para las personas que como Sebastián Perea, se dedican a esta labor.

Son las cinco de la tarde, muchos jóvenes padres de familia saludan a sus clientes, tratan al ritmo de la música o bajo la sensación que produce un cigarro, prestar un servicio ágil y de buena calidad. Que no hayan perdidas, rayones, ni mal olor, los vehículos deben quedar como nuevos. Los niños van de un lugar a otro sin concentrarse en juego en particular, en las entradas de las casas algunas señoras se sientan a esperar que caiga la tarde. Son familias humildes pero en su mayoría amables, algunos de sus integrantes recorren el país a la medida que lo hacen los más apasionados por el turismo, la pobreza los envía de viaje a paisajes donde quizás las dificultades no se van pero el amor por la tierra sigue intacto, algunos de ellos regresan y otros simplemente se van de Colombia, ese es el común denominador del barrio.

Sebastián a sus 23 años de edad no ha tenido problemas en este trabajo, lo ha desarrollado lo mejor que puede, siempre con muy buena actitud. De contextura delgada, 1.65 de estatura y piel morena, vive con la madre de sus dos pequeñas de 8 y 1 año de edad. Para él no hay nada más importante que su familia, no tiene una meta más allá de lo que le ofrecen sus posibilidades, disfruta de sus dos hijas llevándolas al parque o a la iglesia.  Siempre le ha gustado vivir en el Barrio Trinidad, para él no hay mejor lugar. Cuando tenía tan solo 6 años de edad se fue de la casa, conoce Bogotá, Barranquilla, Santa Marta, Cali, Cartagena, La Guajira, Cúcuta y Urabá entre otras, pero siempre volvió.

Aquí lo respetan, tiene amigos que lo aprecian y lo hacen reír, que Duque haya dejado aumentar la violencia o que algunas personas se acercaran con el ánimo de multar a todo el que pretendiera trabajar durante la cuarentena, no generó en él mayor impacto. Pero si lo han hecho los meses en que  debido a la pandemia las visitas de sus clientes disminuyeron considerablemente. A punto de finalizar el día, trata de terminar el lavado de un Nissan, de los treinta mil pesos que recibe por casi tres horas de trabajo debe pagarle cinco mil a la señora Ana Zapata, su suegra.

Ana Zapata, habitante del Barrio Trinidad.

Ana es la jefe de esta y otras familias, ella es la dueña del lavadero. Se hace cargo de comprar y revender algunos de los insumos con los que cada día muchos padres de familia realizan su trabajo. Tiene claro en qué lugares de la ciudad se obtienen las mejores aspiradoras, el shampoo y la glicerina, elementos que además del balde, la escoba, el trapo y la manguera, son fundamentales para realizar un buen lavado.

Mientras que muchas personas perdieron su empleo, Ana Zapata de 73 años de edad ve amenazada la fuente de ingresos de las familias que dependen económicamente de su lavadero. Debido a la pandemia se atrasó en el pago del recibo del agua, debe siete meses. De los cuatrocientos mil pesos que obtenía en un buen día de trabajo, esta tarde solo recibió nueve mil, una cifra que la agobia pero no tanto como los siete millones que debe pagar, pues el cierre definitivo del servicio de agua se puede producir en cualquier momento.

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